El pasado mes de octubre recibí felizmente una
de las distinciones, la de bronce, de la IIª Edición de los Premios "Gaceta
Dental".
Dicen que una persona únicamente es sincera en soledad. En cuanto nos juntamos dos o
más, comienza el juego mutuo y necesario de la hipocresía, la figuración o el disimulo.
¿Dónde esta la frontera entre hipocresía y falsedad, entre lo conveniente o lo
injustificable socialmente?. Es muy difícil delimitarla (pero ese es otro cantar).
Digo esto porque es muy común el fingimiento entre los compañeros ante la posiblidad
de obtención de un galardón fruto de la presentación de una comunicación en un
Congreso o por la publicación de un artículo, caso que nos ocupa.
Ante la pregunta: "¡Qué!, ¿Te van a dar el premio a la mejor
comunicación?", todo el mundo entre los presuntos mira hacia el techo como silbando,
juntando la manos tras la espalda y encogiéndose de hombros, simulando despreocupación y
desgana. El personaje interrogado, quien por supuesto desea el galardón como el que más,
fácilmente se dará además por ofendido anteponiendo su honradez profesional, sin tacha
y a prueba de cualquier sombra de duda, y contestará gravemente: "Oye, perdona, yo
presento mi trabajo exclusivamente porque mi interés es la ciencia y la profesión".
He tenido la suerte de haber obtenido en los últimos años varios premios por mi labor
de investigación dentro de la profesión, y siempre creo haber aceptado abiertamente mi
intención de ser premiado a cuanto me presento. Me ha parecido ridículo ejercer la
hipocresía en estos casos aún a riesgo de pasar por garrulo, superficial, concursanticio
(¿se dice así?) o poco serio (prefiero esta sospecha a la de pedante, que cada cual
tiene su modo).
Negar la evidencia, no aceptar querer ser premiado, me suena igual de ridículo que
aquel que jugando a la lotería de Navidad y al ser preguntado si desea el Gordo
contestara displicentemente y como quien no va la cosa con él: "No, yo en todo caso
la pedrea". ¡¡Menuda chorrada!!
Igualmente rijoso es el caso de la joven juez que en una mezcolanza extraña de
sadismo, cursilería y espíritu hipócrita propuso llamar interrupción de la
respiración a la horca (debatían sobre aborto o interrupción de embarazo).
Del mismo modo que el que apuesta a la lotería va detrás del Gordo, todo aquel que se
presenta a un concurso sea intranscendente, de medio pelo, pelo entero o totalmente serio
(tv, radio, cine, literario o científico), desea llevarse el mayor honor.
En los ambientes selectos, el rubor medioclasista de algunos o ya claramente clasista,
de alta cuna intelectual, de otros, quiere como disimular o emboscar un sentimiento, el
deseo del premio, que en ese círculo pueda ser considerado como bajeza. Pero el hecho
está ahí: con disimulo o sin él, todos queremos los laureles.
Creo, con la fisiognomía, que la cara es el espejo del alma. Tal como dijo el gran
Leonardo da Vinci, "los caracteres están escritos en los rasgos para quien sabe
leerlos, por eso es necesario conocer los rasgos que corresponden a los diversos estados
de ánimo, para poder pintarlos" (describirlos en mi caso).
Por ejemplo, y ya entrando a valorar el acto de entrega de Premios, me precedieron en
primer y segundo lugar de honores dos compañeros enteramente diferenciados, dos polos
opuestos, dos psicologías distintas y comportamientos diferentes (no sabría por cuál
decantarme, me limito a relatar los rasgos): ambos sonreían, naturalmente, pues el acto
así lo pedía. Pero a uno de ellos lo ví como un serio que ríe escuetamente; al otro,
como un cachondo en su salsa. Uno se ríe dejando un punto de seriedad en el rabillo de
los labios; el otro ríe y mira, se vuelve a reir y mira, vuelve a reir... y da la
sensación que le rebota la sonrisa. Es como una sonrisa a lo eco, como si sonara en el
papel impreso. Dos personajes, recibiendo un mismo premio, que reflejaban dos fondos
completamente distintos, uno sonreía desde la seriedad, otro sonreía con burbujas
(¿será porque uno pertenece a un ambiente profesional, la libre-marketing-competencia, y
la otra a otro diferente, el profesorado universitario?).
Habiendo aceptado mi evidente predisposición a ser premiado, y a seguir siéndolo, voy
a pasar a explicar, para mí cuestión muy importante, los motivos por los que busco los
honores profesionales ya que a ello me comprometí telefónicamente con el Sr. Herranz,
director de Gaceta Dental, el día que amablemente el mes de septiembre pasado llamó a mi
consulta para comunicarme el fallo del comité científico (me choca la palabra, un
contraste más, porque para mi caso particular más que fallo fue un acierto, y pleno, del
mencionado comité).
Primer motivo: económico. El premio supuso el ingreso material de cien mil pesetas en
mi escuálida cuenta corriente. Realmente el dinero se quedó en buena parte en Madrid
bajo la forma de unos suculentos cocidos madrileños, que a todos recomiendo. Pero yendo
al fondo de la cuestión es una circunstancia, la dotación económica, que valoro
excepcionalmente. Me muevo en el campo de la investigación y por un trabajo de
investigación me concedieron el premio. Como decía Cajal: "La ciencia exige
instrumentos y estos solo puede ofrecerlos una industria floreciente". Si gracias a
mi trabajo particular ayudo al fomento de una revista tan querida por todos como es Gaceta
Dental, procuraré su pujanza y ella con el Premio la mía. Todos contentos, miel sobre
hojuelas. El pensamiento de Cajal es muy claro, industria e investigación son fruto del
mismo tronco sociocultural. Visto de mi lado, el de pobre investigador, busco el premio
desde la mira económica pues los duros me hacen falta, y mucha. La investigación es muy
cara, más si la tiene que sufragar uno mismo, mi caso. Desde aquí y anterior a nada,
deseo dar las gracias, cien mil gracias, a gracia por peseta, a aquellos que han puesto
los boniatos, que ahí duele; con estas letras quiero contribuir a cerrar en lo posible la
herida abierta en las contabilidades de los patrocinadores Srs. Herranz, Tébar, de las
Casas y Ávila Mañas (todos ellos íntimos amigos.... que acabo de conocer).
Segundo motivo: reconocimiento profesional. Si ando en investigación y continúo en
ella, una de las razones fundamentales es haber encontrado eco entre mis compañeros. La
moral del investigador es muy frágil por naturaleza, que esto también lo apuntó Cajal
(aunque sea un caso simple como el mío, un amateur que mezcla investigación con clínica
pues no le queda más remedio). La soledad del estudio, una hora tras otra, la lucha por
alumbrar las ideas y por acopiar los instrumentos técnicos y financieros que precisas
para su desarrollo, debilita soberanamente la voluntad. Constatar que el trabajo de uno es
apoyado por el entorno social con un premio, es un gran soporte para la investigación,
para el futuro del investigador. Emociona y reconforta. Si Ortega dijo que un libro
abriga, yo me encuentro doblemente arropado, por libros y compañeros. Gracias ahora a
ellos, en especial al comité científico responsable.
Tercer motivo: satisfacción por el grupo. La capacidad del sentimiento como
colectividad es a mi entender uno de los aspectos en que más ha avanzado la sociedad
española en los últimos años. Está siendo desterrado el atávico individualismo
ibérico. Hemos adquirido al tiempo un instinto de irreverencia hacia los dogmas
culturales, una conciencia irónica del débil influjo del arte, la ciencia y los libros
sobre la realidad, que es del todo soberana y ajena a ellos, a despecho de vanidades de
artistas, científicos y literatos. Nunca me he distanciado, pese a mis estudios, de los
compañeros que tomaron el camino de la formación profesional hacia la industria o los
servicios, y en muchos aspectos he intentado emularlos con el tiempo, manteniendo su
amistad. De hecho, hemos podido informarnos en la literatura reciente sobre el ímpetu que
ha tomado la teoría de la inteligencia emocional. Este concepto supone un vuelco, lógico
porque está en la calle, de ella llega y lo venimos observando desde la juventud, a las
actuales jerarquías institucionalizadas. Hay que fijarse detenidamente: los estudios, los
conocimientos, son importantes pero no las únicas bases, los exclusivos conceptos a
baremar; hay bastantes cuestiones más detrás de la personalidad de los individuos que
hace que unos dirijan y otros obedezcan. La sociedad está tomando este matiz y nuestra
propia profesión ha de realizar un profundo análisis para su bien. Me satisface pues que
los Premios Gaceta Dental hayan nacido de la unión y decisión de todos los sectores de
la parcela sanitaria dental pues ello significa que estamos en la buena vía y que la
salud de la profesión es extraodinaria.
Por último, siempre son necesarias unas palabras de aliento para aquellos que,
mereciéndolo, no han podido obtener un premio. Hay sólo tres y alguien ha de quedar
fuera. He leído a lo largo del año muy buenos trabajos en Gaceta Dental. Animo a todos
los compañeros a continuar publicando aquí pues se trata de una revista abierta, de
calidad, que mejora número tras número y merece nuestro apoyo. El año que viene hay
más premios, a buen seguro. Yo sigo teniendo ilusión por ellos, porque el comité
científico correspondiente vuelva en su fallo a.... acertar conmigo.
Saludos.